miércoles, 30 de marzo de 2011

El viaje más largo

Hace tiempo me contaron una historia horrible. Era algo así como un cúmulo de despropósitos, una concentración de mala suerte, el típico “para más INRI”. Suelo ser muy poco crédula con este tipo de historias y todavía más desconfiada, pero esta vez la directora le inyectó un carácter y dramatismo especialmente cargados de realismo. No dudo de que eran talentos intrínsecos. Para nada era un papel estudiado; y claro…me llegó muy adentro.

La chica nos narró, a mí y al resto de oyentes, la historia de su vida despacito y sin titubear. A penas le tembló la voz mientras nos detallaba como transcurrieron los difícilmente digeribles hechos de aquella noche. No dudaba, no temblaba. También era de noche y paradójicamente era como mirarse en un espejo opaco. Para siempre todas sus noches de fiesta serían grises, muy grises. Sin embargo, ella estaba serena (también sobria) y, consciente o inconscientemente, no lo sé, provocaba en mí una empatía altamente sagaz.

Era la noche de un 31 de diciembre, no hacía ni un año desde que todo aquello había ocurrido, pero sabía con certeza que esa fecha (más que otra) sería inevitablemente imposible de olvidar, transcurrieran los años que fuesen. Un año más ella y su amiga se habían puesto guapas, exactamente igual que el anterior, y el anterior y el anterior… Pero esta vez se vestían a kilómetros de distancia. Estarían juntas en alma, pero no en cuerpo. Sombra aquí y sombra allá, como dice la canción, y haciendo balance de lo bueno y malo cinco minutos antes de la cuenta atrás.

Y tan malo, horrible. Era la cuenta atrás hasta un precipicio sin final, una caída libre al vacío sin ticket de compra y sin posibilidad de devolución o reembolso. Mi amiga me contaba que pasó aquella noche, un año más, de copa en copa, de boca en boca y tiro porque me toca. Ni siquiera era consciente de lo que pasaba a su alrededor, menos podía imaginar la pesadilla de la que nunca iba a despertar. Tres pueblos y dos gasolineras más al sur, su mejor amiga cambiaría el transporte por asfalto en ruedas de caucho por el de un carro alado dirección al más allá. Mi amiga se deshacía, en las lágrimas más secas que he visto nunca, intentando explicar la impotencia que sintió al saber que mientras ella reía se le iba apagando la vida a su mejor amiga. El conductor no había bebido, no fue imprudente, el cinturón estaba correctamente colocado, pero aquel árbol también. El choque frontal desnucó a la pobre chica y puso final a esta historia.

1 comentario:

  1. Siempre fui y siempre seré gran admiradora de sus relatos Sta. González Viéitez

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