No es más que otra típica tarde de noviembre de esas donde se intuye el frío a través de la ventana de mi cálido hogar. Intuyo el frío, pero no lo siento. Tengo calor, tengo sed, tengo hambre de ti. Te echo de menos más hoy que nunca, y lo siento si soy egoísta. Me invaden las ganas de tenerte cerca, de tenerte encima y debajo, y más aún de tenerte dentro. Me gustaria que pudieses compartir este momento junto a mí; pero, lo siento, no puedo esperar. No te enfades, porque cuando vuelvas seguiré sintiendo sed y hambre de ti.
Mi imaginación hace tiempo que se ha echado a volar, pero como nunca se me ha dado bien inventar y tampoco me encanta innovar elijo de entre la suculenta lista de recuerdos que juntos hemos creado; y, ¿por qué no? Déjame volver a filmar aquella historia ideal…Vamos allá:
Antes debo cerrar los ojos para empezar, he dejado de imaginar y he pasado a actuar. No es necesario que me esfuerce, se va formando poco a poco en mi cabeza aquella película que nos encanta repasar. Me relajo, me contraigo, me meto en mi papel y empiezo a disfrutar. Ya no tengo las riendas, ni el control, ya no soy quien dirige, ni la que observa; ahora lo vivo, ahora lo siento.
Como te veo delante te asalto; te recojo en mis brazos para darle cobijo a mi pecho porque me gusta cuando mi corazón se acelera al ponerlo junto al tuyo, saltan a la par al igual que niños inquietos en el patio del colegio. Ven, colocate aquí, deja que pueda sentir el aire que respiras en mi cuello. Despacio, sin prisa, consciente de que tu corazón acelerado hará volver locos tus pulmones y acabaran convirtiendo tus suspiros en jadeos, como un corredor que espera la salida o el conductor que espera ansioso esa luz verde.
Yo hoy también estoy ansiosa e impaciente, me voy directa al premio sin pasar por la casilla de salida. Sé que no debería, pero ya me lo he ganado antes. Ha empezado, se acabo la paciencia y empieza el arte y la maña. Me entretengo en mi juego y me despisto, y caigo en la cuenta de que me he olvidado de ti; sonrio extrañada e incluso me siento aliviada de saber que he descubierto una cosa más que puedo hacer sin ti.
Contigo al margen, me centro en mí misma. Pruebo esto y lo otro, a veces también un poco de aquello; manejo las extrañas tesituras de éso que siempre es mío, pero no para mí. Bailo a mi modo sin incómodos pisotones ni cambios de ritmo, desagradables al igual que la cara de quiero y no puedo que se les queda a otros que no son tú; barajo las opciones y, sin tener que pedirlo, elijo aquellas que más se me antojan.; sin pausas, ni egoísmos, no tengo más que preocuparme por mí, porque soy mi centro de atención.
Dejo esa silla minúscula para abalanzarme en la cama lujuriosa que me pide a gritos compañía; me revuelvo y me enredo entre las sábanas, la dejo participar en mi juego hasta que me olvido de ella como antes me olvidé de ti y vuelvo a pensar única y exclusivamente en mí.
Dejo de ver esto como algo jocoso y me lo tomo muy en serio. Respiro hondo y cojo fuerzas para lo que está por venir, no es nada nuevo, ya sé como sabe y el gusto que deja, tanto en mis labios como en mi boca. Empieza con un fuerte latido en mi pecho que se convierte poco a poco en un impulso que va paseando un escalofrío por mi cuerpo hasta que se me encogen los diez dedos de mis pies y se me escapa ansioso el aire que había robado para conservar el aliento; es aquí cuando me ahogo en el manantial que apaga mi sed, aunque siempre me visiten las ganas de repetir. Además, esta vez no tengo que compartir mi lado del colchón con nadie.

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