Porque siempre pasa que cuando por fin te encuentras cómoda con algo y sientes que de verdad has encajado ocurre que se tiene que acabar. A veces sabías con antelación que era un período de transición, que no iba a durar mucho y por eso no habías hecho demasiados planes, pero, no sabes muy bien cómo, acabas involucrándote al máximo en tu propia vida, te dedicas a vivirla e, inevitablemente, la disfrutas como nunca.
Pues esto me ha pasado a mí, sabía de sobra que no iba a durar mucho; que era como tantas otras veces. Tenía algunas ideas, pero ningún complejo plan estudiado ni analizado minuciosamente; sin embargo, a veces las cosas se tuercen del todo hasta el punto de ver el mundo en vertical, desde lo más bajo de mi optimismo.
Se tuercen, se retuercen y hasta sientes que dentro de poco se te saldrán los órganos del cuerpo. Pero pasa, como otras veces, que la tormenta amaina y llega la calma. El agua que anegaba las calles de tu mundo gris alimenta ahora las flores que crecen en tu jardín del edén. Sí, sabes bien de lo que hablo porque todos lo hemos vivido alguna vez. Es una de esas rutinas que estamos obligados a vivir por estar dentro de esta montaña rusa de experiencias que es la vida.
Sabemos, desde que más o menos aprendimos a leer la hora, que esto tiene fases mejores y otras que no lo son tanto. Nos da miedo y nos hace temblar el hecho de no verle el final a esa cuesta tan empinada. Nos frustramos, transpiramos, temblamos, incluso nos enfadamos… y todo, ¡todo porque hemos olvidado que después de la tormenta llega la calma!
Así pues, como suele ocurrir, me olvidé de que estaba viajando en un carrusel y pasé por todas esas fases anteriormente citadas, de las que tengo que destacar concienzudamente a la IRA. No sé como lo hago, pero la mayoría de los problemas que tengo me la acercan apresuradamente. Yo no lloro, no tiemblo, no sudo…YO ME ENFADO.
Puede que a veces esté bien, porque resulta que se segrega mucha adrenalina cuando uno tiene un buen cabreo. Y es que en el fondo, y no tan en el fondo, la naturaleza es muy sabia y es ésta una de las veces en las que nos firma una receta gratuita de una fantástica droga natural y naturista. Para seguir con el símil, diré que es como ese temblorcillo de piernas que conservas durante varios minutos al bajar de una atracción de feria.
Yo como soy realmente partidaria de la medicina natural y, por suerte y fortuna, me ha tocado ser optimista agradezco este último empujoncito para salir del bache con las pilas cargadas y quitarme la máscara de tía amargada para ponerme la de bobalicona feliz.
Pero claro, me meto tanto en el papel que nuevamente se me olvida que esta atracción se acaba y que está a punto de sonar la campana. Antes de darme cuenta, las bienvenidas se convierten en despedidas y las lágrimas de alegría se secan al sol de la tristeza. Lo peor, lo que más odio de todo es ésa falsa sonrisa que la gente pone en su cara cuando te va a decir adiós. Centrémonos, una sonrisa es la manera que tenemos de exteriorizar nuestro interno estado de felicidad, deseo, atrevimiento… y no sé vosotros, pero, ¡yo no siento ninguna atrevida-felicidad-sexual cuando me despido! Lo único que tengo son ganas de llorar y de hacerte saber que contaré las horas que pasen desde ése preciso instante hasta que te vuelva a ver.
Sin duda, la guinda del pastel es el saborcito de boca que se te queda justo al escupir la última palabra que le dices a alguien, porque es tan empalagoso y desagradable como el que te deja la guinda en sí. Así que, lo siento, pero he llegado a una conclusión. No pienso volver a decir adiós, y si así lo hago, no cuentes con encontrar una sonrisa en mi cara.
Enfadadamente tuya, Bea.

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