miércoles, 30 de marzo de 2011

El viaje más largo

Hace tiempo me contaron una historia horrible. Era algo así como un cúmulo de despropósitos, una concentración de mala suerte, el típico “para más INRI”. Suelo ser muy poco crédula con este tipo de historias y todavía más desconfiada, pero esta vez la directora le inyectó un carácter y dramatismo especialmente cargados de realismo. No dudo de que eran talentos intrínsecos. Para nada era un papel estudiado; y claro…me llegó muy adentro.

La chica nos narró, a mí y al resto de oyentes, la historia de su vida despacito y sin titubear. A penas le tembló la voz mientras nos detallaba como transcurrieron los difícilmente digeribles hechos de aquella noche. No dudaba, no temblaba. También era de noche y paradójicamente era como mirarse en un espejo opaco. Para siempre todas sus noches de fiesta serían grises, muy grises. Sin embargo, ella estaba serena (también sobria) y, consciente o inconscientemente, no lo sé, provocaba en mí una empatía altamente sagaz.

Era la noche de un 31 de diciembre, no hacía ni un año desde que todo aquello había ocurrido, pero sabía con certeza que esa fecha (más que otra) sería inevitablemente imposible de olvidar, transcurrieran los años que fuesen. Un año más ella y su amiga se habían puesto guapas, exactamente igual que el anterior, y el anterior y el anterior… Pero esta vez se vestían a kilómetros de distancia. Estarían juntas en alma, pero no en cuerpo. Sombra aquí y sombra allá, como dice la canción, y haciendo balance de lo bueno y malo cinco minutos antes de la cuenta atrás.

Y tan malo, horrible. Era la cuenta atrás hasta un precipicio sin final, una caída libre al vacío sin ticket de compra y sin posibilidad de devolución o reembolso. Mi amiga me contaba que pasó aquella noche, un año más, de copa en copa, de boca en boca y tiro porque me toca. Ni siquiera era consciente de lo que pasaba a su alrededor, menos podía imaginar la pesadilla de la que nunca iba a despertar. Tres pueblos y dos gasolineras más al sur, su mejor amiga cambiaría el transporte por asfalto en ruedas de caucho por el de un carro alado dirección al más allá. Mi amiga se deshacía, en las lágrimas más secas que he visto nunca, intentando explicar la impotencia que sintió al saber que mientras ella reía se le iba apagando la vida a su mejor amiga. El conductor no había bebido, no fue imprudente, el cinturón estaba correctamente colocado, pero aquel árbol también. El choque frontal desnucó a la pobre chica y puso final a esta historia.

El día que la 60-3 se fue de alta

Como diría Pimpinela, hace tres meses y un día que duermo entre sábanas del Sergas; no son de raso ni de seda, pero al menos las ponen cada día limpias para mí. Calculo que alrededor del primer mes había dejado de ser la 60-3 para convertirme en Bea (Betucha pa´ los amigos).

Entré por la puerta con los huesos a flor de piel. Sin pedirlo me gané (a pulso) la pulsera de “todo incluido”. Con tubos y cables conseguí algunas extremidades extra, pero me faltaba la sangre suficiente para articularlas todas, así que la pedí prestada. Gracias, prometo sacarle el partido que se merece.

Entre tanto, me bajaba la tensión, me subía la bilirrubina, aumentaban mis pulsaciones, me subía la fiebre… Me crecía la angustia y la desesperación al volver a la casilla de salida y me alimentaba de paciencia y buena compañía para mantener el peso. El bufé era fabuloso, más de veinte tipos de variedades a la carta donde elegir, a los que se me ocurre, les podría dar las gracias:

A. López Saco, L. Pérez. No hizo falta estudiar medicina para descifrar el mensaje que pasó por sus cabezas el primer día que le echaron un vistazo a mi barriga llena de entradas y salidas. Probablemente “coooñó” fue de los más sonados.

Poco a poco empezamos a llevarnos bien, ellos hacían y yo me dejaba hacer. Hasta que llegado un día se empeñaron en practicar conmigo un divertido juego llamado “reintroducir el penrose”. Ellos insistían en que yo saldría ganando, aunque a mí no acabara de convencerme. Pero, finalmente, les doy las gracias por mi victoria. La verdad es que López Saco es un Ángel.

Mari. SuperMari (Boss). La jefa, la supervisora, la más apañá. Tanto te saca sangre como te coloca una sonda, te puede hacer la cama, envolverte el brazo en una bolsa de plástico y hasta te regala el más reparador de los abrazos si lo considera necesario. Vamos que, como diría Loli, “lo mismo te plancha un huevo que te fríe una camisa”.

Al igual que estoy convencida de que es de las que se llevan el trabajo a casa (o a la piscina, según cuadre) y que piensa en esto y lo otro (porque ella siempre piensa en todo) también sé de sobra que solo con verla desprende felicidad y que, encima, la comparte con los que tiene alrededor. No es que sea generosa, es que le sale solo. No lo puede evitar. Pongo la mano en el fuego porque cualquier mañana de estas una de mis venas se despertará y me preguntará por ella. Al fin y al cabo…es mucha la sangre que me ha chupado.

Sole. Parece que llamarse Sole y pasar de los 40 es una sentencia de muerte para aparentar malhumorada y ser capaz de soltar una colleja cual resorte de alambre al primero que píe más alto de la cuenta. Pero tras esa “cara dura” (no confundir con caradura), e igual que en 7 vidas, solo puedo decir que Sole es un solete.

De la misma escuela (la vieja escuela) tenemos a Fina. Por ser la más veterana es también la más sabia. Tiene lengua de trapo y corazón de melón con jamón (que es lo que a mí más me gusta). Las agujas que más me duelen son las que me lanza ella, lo bueno es que no llevan veneno, es todo placentero placebo.

Cris (Responde también al nombre de Patricia) al igual que Sole y que la Luna, tiene una cara oculta. Aunque olvide tu nombre y te recuerde a diario que tomas “leche de burra”, lo hace desde el cariño, ¡o eso me gustaría creer! En realidad, si tienes paciencia y tiempo libre (como ha sido mi caso) descubres que además de algo roja, Cris es una gran persona.

Dr. Camilla, digo, Cadilla. El Richard Gere de digestivo que a más de una vuelve loca. No sé si darle las gracias o pedirle que sea él quien me las dé por haberle tenido tan entretenido estos últimos meses. ¡De retos está hecha la vida! No obstante, me veo más que obligada a agradecerle el trato, tanto profesional como personal. ¡Chapó!

Dra. Rodríguez, (“non me chames Dolores, chámame Lola”). Que sepas que non se me esquece que temos unha festa rachada pendente! Graciñas Lola, espero que non me teñas que aturar ata dentro de a lo menos, unha boa morea de anos.

Isa. Siempre tiene algo que decir; y además te lo dice en forma de palabras escupidas a 100ml/h (para que no pite la máquina). Parece que lleva colocado un contador de “hacer las cosas bien” que cada mañana, tarde o noche pone a cero. Exigente, perfeccionista, minuciosa... ¡No es un pájaro, ni un avión, es La Graña (de España)!

Creo que no son muchos aquellos que destacan por ser excelentes personas además de brillantes profesionales. Si ya es difícil hacer bien tu trabajo, más aún lo es tener tiempo para caer en gracia. No sé cómo lo ha hecho, pero Isa lo ha logrado. Algún día le pediré una receta de su fórmula mágica que aseguro tomar sin leer el prospecto.

Es fantástico ver que por aquí a pocos se les ha escapado lo gran persona que eres.

Gloria. Muchas veces me he preguntado quien habla más rápido, si Isa o Gloria, y la verdad es que lo he tenido que dejar en un empate. Es difícil expresar con palabras lo mucho que se agradece que te encuentres cada día con alguien que siempre tiene algo que decir.

Mari-Té. Tengo una tremenda curiosidad por saber cómo será despertarse sin los gritos (o ladridos, según el día) de Mari-Té. La verdad, puede que hasta lo acabe echando de menos y tenga que encender la radio a 200 decibelios para espabilarme.

Es una pena despedirse de todos los cotilleos que se cuecen en la República Independiente de Digestivo, pero más pena me da decirle adiós a quien mejor los hace circular. Nos vemos en el Facebook (ojos que no ven, Facebook que te lo cuenta).

Por cierto, Los Reyes no son los padres, son Mari-Té.

Maribel. Sería capaz de jugarme los dos pulgares en un todo o nada y apostar que Maribel no se ha perdido una fiesta! No sé si me equivoco o no, pero está claro que es una cachonda mental (y además lo sabe disimular; más difícil todavía) Desde que me contó la historia del concierto de Mike Oldfield, se evaporaron todas mis dudas.

Tere-Ló. Sole dice que de mayor quiere ser como Laura Valenzuela, pues yo de mayor quiero ser como Tere-Ló. No sé que extraña reacción química forman las sustancias en su cuerpo, pero desde luego es extraordinaria, fuera de la norma. A veces dudo de si se trata de una falta de riego en el cerebro, porque tanta locura transitoria, bien se podría volver crónica, luego me doy cuenta de que además de ganarle el pulso a la demencia, la maneja a su antojo cual ventrílocuo a su muñeco. La locura no la posee a ella, ella posee a la locura. Si hubiera más personas como Tere en el mundo, además de ser un mundo de locos, sería un mundo cojonudo.

Es soberbia en las artes del diálogo. La ironía parece ser hecha de su talla y le sienta como un guante, como anillo al dedo. Se mueve con ella igual de bien que con zapatos de tacón y lleva a su terreno a quien quiere, cuando quiere. Me quito el sombrero ante tal desfile de habilidades.

Nieves. Así como Obélix se cayó en el barril de la pócima mágica de Panorámix, Nieves debió caer sobre un barril de azúcar, porque es imposible que tanta dulzura sea 100% natural. Ha reinventado el lenguaje con sonrisas y me atrevería a decir que incluso huele a algodón de azúcar.

Yo, por mi parte, ya me he puesto a la cola para el sorteo de madre de mi próxima vida. ¡Quiero que me toque Nieves!

Ángeles. Ave nocturna, la mayoría de las veces le toca sobrevolar la planta cuando, se supone, los demás dormimos. Se mueve como pez en el agua a la hora de buscar un pijama de tu talla y no dudes que removerá cielo y tierra para conseguir uno que te siente como los ángeles.

Patri. Parece que me ha leído como a un libro abierto en estos meses. Le bastaba mirarme a la cara para conocer mi estado de ánimo. Con esto no sé si se nace o se hace, pero desde luego, los diagnósticos de Patri nunca han fallado.

Ángela ¿Dónde guardas la máquina de dar cariño?¡ Porque tiene que ser imposible que te salga todo de dentro! Descúbreme cuál es la marca de pilas que te enchufas al cuerpo, porque es inviable venir siempre cargada de tanta energía.

Loli. (Más guapa y más joven que yo). Bueno, ha llegado el momento de confesaros que sí, es verdad, somos familia. El problema es que nos avergonzamos la una de la otra, sentimos una tirria y repulsión mutuas, y no queríamos admitir lo evidente. Ante tal innegable afirmación, y visto el fracaso de nuestro encubrimiento, he decidido revelar el secreto y gritarlo a viva voz aquí en esta carta, no habiendo sido posible hacerlo en el programa de Ana Rosa como realmente nos gustaría.

Ahora en serio, aunque seas la tía más borde y picajosa de digestivo, no sé que tengo que debo estar acostumbrada a lo desagradable y al final hasta te he cogido cariño a ti también. A ti y a tu perfume, no sabes lo que se agradece (especialmente en esta planta) cuando entras en la 60 enfrascada en tu perfume eliminas el olor a enfermo de la habitación.

¡No tienes que volver a soñar con mi vía, ahora tus pesadillas serán el encontrarme por la calle!

Bego. Todavía recuerdo cuando crucé el pasillo en una cama flotante y Bego me daba la bienvenida desde el control. Me compadecía anticipándose a mi decepción por el cambio de planta a la vez que me alentaba vendiéndome “la suite” de la mejor de las maneras posibles.

Ahora, tres meses después, no veo a una enfermera detrás de un mostrador, veo a Bego. Conozco sus dos apellidos; la edad que tiene; su estado civil; el título de su libro favorito. Sé que aunque tenga un gato, en realidad le gustan los perros; que es perfeccionista, inconformista, que odia las injusticias y que no soporta a la gente que “va en primera”.

Tengo que decirlo, las mañanas no serán lo mismo sin ti. Se perderá el momento del cotilleo a la hora de hacerme las curas donde la dosis de Betadine era directamente proporcional al buen rollo.

Y a todos aquellos que me habéis tenido que aguantar en estos tres meses: Flor, Aurora, Sefi y Nieves (gine), la otra Isa, Mariela, Yolanda, Granizo, Santos, el chico de las bandejas, y al pobre médico que estuvo de guardia en nochevieja…. ¡Gracias!




Alicia G. en el país de las pesadillas


Lo que no se perdieron fueron sus ganas de vivir; se creía con demasiada gasolina en el depósito para hacer parar la máquina. Estaba en los mejores años de su vida y no iba a sentarse a ver cómo los dejaba pasar. Así pues, se compró otra maleta y a falta de cosas importantes, la llenó de enseres cien por cien reemplazables y fabricados en Taiwán.

Pero un buen día, Alicia G. tuvo un mal día. Aterrizó con el pie izquierdo, la miró el tuerto equivocado, se partió la pierna que no era al esquivar a un gato negro, deshojó un trébol de 3 hojas y por poco la parte un rayo después de tirar un salero… Sin darse cuenta se despertó en el país de las pesadillas donde punto y seguido la cosa iba bien. Punto y a parte, ya no tan bien.

Tic-tac…Caducaban los minutos de su reloj nuevo. Tic-tac… se le escapaban las horas. Tic-tac… iba perdiendo el tiempo con cinco horas de ventaja. De estar sola pasó a sentirse sola, pero de golpe: toc-toc, llamaron a la puerta ¿o entraron sin llamar? Es igual, cuando un ángel cae del cielo no necesita permiso para entrar.

Ali estaba enferma, pero día a día la cosa fue a peor y empezó a sentirse enferma. Primero vinieron las noches sin dormir, aunque conseguía mantener el sosiego a duras penas gracias a su mente inquieta (“de tal palo, tal astilla”, su imaginación era tan viajera como ella. Si pudo resistir tantas eternas noches estáticas fue por su habilidad para soñar despierta).

Después fue el dolor. Sí, vale, el físico, del que menos duele, pero dolor al fin y al cabo. Dolor intenso, dolor intermitente, dolor punzante, dolor suave, dolor continuo, dolor inexplicable, dolor insoportable, dolor incomparable, dolor innombrable, dolor de estómago, dolor de espalda, dolor de garganta, dolor de cabeza, dolor hasta al respirar…dolor.

Una operación, y otra, y otra más. A Alicia G. la abrieron de cuajo y le quitaron un “peso” de encima. La chica recibió mil y un pinchazos que, no le dolían, la desquiciaban. Dolor, desquicie…era igual, a ella tan sólo le hacía llorar una cosa: la inyección (o lección) de vida que Ángela introdujo en sus venas.

Era de admirar cómo Ángela quitaba la arena de su reloj para ponerla en el de Alicia. Al principio, Ali se sentía morosa con cada beso de Ángela, después, la chica supo que nunca podría pagar la deuda. No eran sólo los besos, eran las miradas cargadas de atención, que no hacían más que desprender amor inconsciente, lo que hacía a Alicia hipotecarse. Tal fue su deuda que entró en negocios con lucifer. Vendió su alma y perdió su voz. Fue engañada y tuvo que aprender a decir gracias con la mirada. Ángela siempre la entendió.

Alicia G. tiene suerte, aunque no haya sido afortunada. Gana más de lo que pierde, ríe más de lo que llora y tiene más de lo que cabe en su maleta.

Estancada


Cuantas más noches salgo, cuantas más copas bebo, cuanto más se me nubla la vista más claro te veo entre las sombras, más veo lo mucho que te echo de menos. Cierro los ojos y te veo, pero peor aún es cuando los abro y sigues ahí.

Estás donde menos te imaginas, en esa chica bajita o en esa risa absurda, estás en un comentario estúpido o en el más ingenioso; pero, sobre todo, estas en el silencio. Estás en las cosas que no se dicen, los chistes que no se entienden o en los que me acabo callando.

En resumen, estás pero no estás. Estás porque te llevo conmigo a todas partes, como a un amigo imaginario al que le hablo aunque no me conteste. Por más que quisiera explicarte lo que me importas nunca llegarías a saberlo sin pasar un día entero en mi cabeza. Te invito a que me saques de paseo contigo, y así cuando nos volvamos a encontrar tendremos mucho de que hablar. Entenderás por fin el porqué de aquel silencio o aquella sonrisa, sabrás de una vez que el “porqué” eres siempre tú.

Eres lo que hace que mi mundo gire y que tenga algún sentido tachar días en el calendario, eres lo que me empuja a seguir adelante, lo que aviva la llama de la curiosidad del querer saber qué va a ocurrir mañana. Has construído mi pasado y me ayudas cada día a inventar un futuro. Eres mi creatividad, mi vía de escape, el argumento de mi historia. Eres lo último en lo que pienso antes de irme a dormir.

Hasta mañana.

Mentalmente deficiente


Y según se curaba mi cuerpo se iba curando también mi mente; que la sangre fluyese y volviera a regar las raíces del cerebro (paradójicamente) me hizo pensar, dio fruto: ¿será verdad que la muerte del cuerpo mata también el alma? ¿me estaré convirtiendo a la cienciología?

Síndrome de abstinencia

Eres mi droga; lo admito. Por fin me ha quedado claro. Y, cómo no, te tenía que haber encontrado en ese país donde en todas partes se venden flores. Me haces volar. Me elevas del suelo para caminar por las nubes. Haces que me estallen los pulmones de tanto reír y consigues que se me dilaten las pupilas por el exceso de endorfinas. Me excitas, me alteras, me calmas, me nervas, me exaltas, me enganchas, me pierdes; me pierdo…

Me pierdo y me vuelvo adicta. Inconsciente, te busco. Fuerzo, sin querer, el encuentro. Poco a poco, simplemente me lo pide el cuerpo. Al principio me basta con un poco, después necesito incrementar la dosis…Al final, tengo dependencia. Paso de simples juegos de niños a historias de verdad. Me involucro, me mancho, me meto hasta el fondo y caigo en el pozo. No hay marcha atrás, ya no sé salir. Ya eres mi amiga, ya eres mi droga.

Te necesito cada día, siento (y sé) que no puedo vivir sin ti. Tras una época de abstinencia mis ojos te buscan para clavarte en mi punto de mira. Quiero disfrutar de esa sonrisa, de ese gesto, de esa mueca.

Pequeña, no imaginas cuántas veces he mirado esos labios serios, pequeños, callados (aunque sinceros) que simplemente no tenían nada qué decir porque tus ojos me lo decían todo.

No imaginas qué cantidad de energía me transmitías cada vez que sonreías de medio lado justo antes de soltar una enorme carcajada. Enorme, porque de tu corazón no puede salir nada más pequeño, chocho.

Chochín, non chegas a imaxinar os centos de contos que a túa cara me debuxa cada íntre no que falas. Os teus mil e máis un sorrisos dende eses tan riquiños, ata os máis pícaros, mestúranse coas túas miradas de luar (en troques sinceras, ás veces despistadas)e todo pra dicirme sen retranca o incríblemente incrible que es.

Niñas, sois mi droga. Aunque he estado intentando desengancharme, cada pequeña dosis vuestra que me llega (bien venga en forma de llamada, bien sea una foto, una señal o un recuerdo) me hace volver a tener ganas de vosotras. He vivido alimentando a mi resignación, pero poco a poco el mono me está consumiendo y, simplemente, me he dicho: ¿por qué me voy a negar a una droga que sólo tiene efectos positivos? Quiero veros, y quiero veros ya. Sólo me queda decir:

Madrid, 11 de julio de 2010

Odio las despedidas



Porque siempre pasa que cuando por fin te encuentras cómoda con algo y sientes que de verdad has encajado ocurre que se tiene que acabar. A veces sabías con antelación que era un período de transición, que no iba a durar mucho y por eso no habías hecho demasiados planes, pero, no sabes muy bien cómo, acabas involucrándote al máximo en tu propia vida, te dedicas a vivirla e, inevitablemente, la disfrutas como nunca.

Pues esto me ha pasado a mí, sabía de sobra que no iba a durar mucho; que era como tantas otras veces. Tenía algunas ideas, pero ningún complejo plan estudiado ni analizado minuciosamente; sin embargo, a veces las cosas se tuercen del todo hasta el punto de ver el mundo en vertical, desde lo más bajo de mi optimismo.

Se tuercen, se retuercen y hasta sientes que dentro de poco se te saldrán los órganos del cuerpo. Pero pasa, como otras veces, que la tormenta amaina y llega la calma. El agua que anegaba las calles de tu mundo gris alimenta ahora las flores que crecen en tu jardín del edén. Sí, sabes bien de lo que hablo porque todos lo hemos vivido alguna vez. Es una de esas rutinas que estamos obligados a vivir por estar dentro de esta montaña rusa de experiencias que es la vida.

Sabemos, desde que más o menos aprendimos a leer la hora, que esto tiene fases mejores y otras que no lo son tanto. Nos da miedo y nos hace temblar el hecho de no verle el final a esa cuesta tan empinada. Nos frustramos, transpiramos, temblamos, incluso nos enfadamos… y todo, ¡todo porque hemos olvidado que después de la tormenta llega la calma!

Así pues, como suele ocurrir, me olvidé de que estaba viajando en un carrusel y pasé por todas esas fases anteriormente citadas, de las que tengo que destacar concienzudamente a la IRA. No sé como lo hago, pero la mayoría de los problemas que tengo me la acercan apresuradamente. Yo no lloro, no tiemblo, no sudo…YO ME ENFADO.

Puede que a veces esté bien, porque resulta que se segrega mucha adrenalina cuando uno tiene un buen cabreo. Y es que en el fondo, y no tan en el fondo, la naturaleza es muy sabia y es ésta una de las veces en las que nos firma una receta gratuita de una fantástica droga natural y naturista. Para seguir con el símil, diré que es como ese temblorcillo de piernas que conservas durante varios minutos al bajar de una atracción de feria.

Yo como soy realmente partidaria de la medicina natural y, por suerte y fortuna, me ha tocado ser optimista agradezco este último empujoncito para salir del bache con las pilas cargadas y quitarme la máscara de tía amargada para ponerme la de bobalicona feliz.

Pero claro, me meto tanto en el papel que nuevamente se me olvida que esta atracción se acaba y que está a punto de sonar la campana. Antes de darme cuenta, las bienvenidas se convierten en despedidas y las lágrimas de alegría se secan al sol de la tristeza. Lo peor, lo que más odio de todo es ésa falsa sonrisa que la gente pone en su cara cuando te va a decir adiós. Centrémonos, una sonrisa es la manera que tenemos de exteriorizar nuestro interno estado de felicidad, deseo, atrevimiento… y no sé vosotros, pero, ¡yo no siento ninguna atrevida-felicidad-sexual cuando me despido! Lo único que tengo son ganas de llorar y de hacerte saber que contaré las horas que pasen desde ése preciso instante hasta que te vuelva a ver.

Sin duda, la guinda del pastel es el saborcito de boca que se te queda justo al escupir la última palabra que le dices a alguien, porque es tan empalagoso y desagradable como el que te deja la guinda en sí. Así que, lo siento, pero he llegado a una conclusión. No pienso volver a decir adiós, y si así lo hago, no cuentes con encontrar una sonrisa en mi cara.

Enfadadamente tuya, Bea.

What a pelete!

Recuerdos que vienen y van de cosas que a veces parece que ya no están. Ya no te llamo porque ya no me llega; me pones la miel en los labios y luego (me cuelgas) me queda un sabor amargo. Ni me llega, ni me llena. Si acaso algún día reúno el valor hablo durante horas, pero nada de lo que digo es lo bastante elocuente para no hacerte colgar. Todas son frases echadas a volar sin paracaídas en un intento de hacerte sentir empatía por todo aquello que me envuelve a mí y a mi vida, pero todas están vacías y quedan perdidas como las piezas de un puzzle sin unir. Tienes los datos y aún así no entiendes la historia. Es mi culpa, ya que escupo palabras al aire y no consigo que lleguen a ti. Insisto, lo intento esta vez con más fuerza, pero nunca sabré si te han llegado o has dicho “sí” por decir. Nunca lo sabré porque mis ojos se aburren si no están los tuyos en su punto de mira; se cierran, se duermen y a veces sueñan para hacerlo más fácil, aunque todo se complica cuando se enfadan al sentirse engañados por el arte de la imaginación. Es lógico, yo los comprendo, ellos están hechos para ver.
Así que vuelvo al principio, a esos recuerdos que vienen y van de cosas que a veces parece que ya no están. Entre mis recuerdos soy feliz, será porque sólo reciclo los que más me han hecho reír, es cuestión de serendipia que siempre aparezcas tú. Con esto sólo me queda decir: “Coño que frío”.

Tarde casual


No es más que otra típica tarde de noviembre de esas donde se intuye el frío a través de la ventana de mi cálido hogar. Intuyo el frío, pero no lo siento. Tengo calor, tengo sed, tengo hambre de ti. Te echo de menos más hoy que nunca, y lo siento si soy egoísta. Me invaden las ganas de tenerte cerca, de tenerte encima y debajo, y más aún de tenerte dentro. Me gustaria que pudieses compartir este momento junto a mí; pero, lo siento, no puedo esperar. No te enfades, porque cuando vuelvas seguiré sintiendo sed y hambre de ti.

Mi imaginación hace tiempo que se ha echado a volar, pero como nunca se me ha dado bien inventar y tampoco me encanta innovar elijo de entre la suculenta lista de recuerdos que juntos hemos creado; y, ¿por qué no? Déjame volver a filmar aquella historia ideal…Vamos allá:

Antes debo cerrar los ojos para empezar, he dejado de imaginar y he pasado a actuar. No es necesario que me esfuerce, se va formando poco a poco en mi cabeza aquella película que nos encanta repasar. Me relajo, me contraigo, me meto en mi papel y empiezo a disfrutar. Ya no tengo las riendas, ni el control, ya no soy quien dirige, ni la que observa; ahora lo vivo, ahora lo siento.

Como te veo delante te asalto; te recojo en mis brazos para darle cobijo a mi pecho porque me gusta cuando mi corazón se acelera al ponerlo junto al tuyo, saltan a la par al igual que niños inquietos en el patio del colegio. Ven, colocate aquí, deja que pueda sentir el aire que respiras en mi cuello. Despacio, sin prisa, consciente de que tu corazón acelerado hará volver locos tus pulmones y acabaran convirtiendo tus suspiros en jadeos, como un corredor que espera la salida o el conductor que espera ansioso esa luz verde.

Yo hoy también estoy ansiosa e impaciente, me voy directa al premio sin pasar por la casilla de salida. Sé que no debería, pero ya me lo he ganado antes. Ha empezado, se acabo la paciencia y empieza el arte y la maña. Me entretengo en mi juego y me despisto, y caigo en la cuenta de que me he olvidado de ti; sonrio extrañada e incluso me siento aliviada de saber que he descubierto una cosa más que puedo hacer sin ti.
Contigo al margen, me centro en mí misma. Pruebo esto y lo otro, a veces también un poco de aquello; manejo las extrañas tesituras de éso que siempre es mío, pero no para mí. Bailo a mi modo sin incómodos pisotones ni cambios de ritmo, desagradables al igual que la cara de quiero y no puedo que se les queda a otros que no son tú; barajo las opciones y, sin tener que pedirlo, elijo aquellas que más se me antojan.; sin pausas, ni egoísmos, no tengo más que preocuparme por mí, porque soy mi centro de atención.

Dejo esa silla minúscula para abalanzarme en la cama lujuriosa que me pide a gritos compañía; me revuelvo y me enredo entre las sábanas, la dejo participar en mi juego hasta que me olvido de ella como antes me olvidé de ti y vuelvo a pensar única y exclusivamente en mí.

Dejo de ver esto como algo jocoso y me lo tomo muy en serio. Respiro hondo y cojo fuerzas para lo que está por venir, no es nada nuevo, ya sé como sabe y el gusto que deja, tanto en mis labios como en mi boca. Empieza con un fuerte latido en mi pecho que se convierte poco a poco en un impulso que va paseando un escalofrío por mi cuerpo hasta que se me encogen los diez dedos de mis pies y se me escapa ansioso el aire que había robado para conservar el aliento; es aquí cuando me ahogo en el manantial que apaga mi sed, aunque siempre me visiten las ganas de repetir. Además, esta vez no tengo que compartir mi lado del colchón con nadie.