Lo que no se perdieron fueron sus ganas de vivir; se creía con demasiada gasolina en el depósito para hacer parar la máquina. Estaba en los mejores años de su vida y no iba a sentarse a ver cómo los dejaba pasar. Así pues, se compró otra maleta y a falta de cosas importantes, la llenó de enseres cien por cien reemplazables y fabricados en Taiwán.
Pero un buen día, Alicia G. tuvo un mal día. Aterrizó con el pie izquierdo, la miró el tuerto equivocado, se partió la pierna que no era al esquivar a un gato negro, deshojó un trébol de 3 hojas y por poco la parte un rayo después de tirar un salero… Sin darse cuenta se despertó en el país de las pesadillas donde punto y seguido la cosa iba bien. Punto y a parte, ya no tan bien.Tic-tac…Caducaban los minutos de su reloj nuevo. Tic-tac… se le escapaban las horas. Tic-tac… iba perdiendo el tiempo con cinco horas de ventaja. De estar sola pasó a sentirse sola, pero de golpe: toc-toc, llamaron a la puerta ¿o entraron sin llamar? Es igual, cuando un ángel cae del cielo no necesita permiso para entrar.
Ali estaba enferma, pero día a día la cosa fue a peor y empezó a sentirse enferma. Primero vinieron las noches sin dormir, aunque conseguía mantener el sosiego a duras penas gracias a su mente inquieta (“de tal palo, tal astilla”, su imaginación era tan viajera como ella. Si pudo resistir tantas eternas noches estáticas fue por su habilidad para soñar despierta).
Después fue el dolor. Sí, vale, el físico, del que menos duele, pero dolor al fin y al cabo. Dolor intenso, dolor intermitente, dolor punzante, dolor suave, dolor continuo, dolor inexplicable, dolor insoportable, dolor incomparable, dolor innombrable, dolor de estómago, dolor de espalda, dolor de garganta, dolor de cabeza, dolor hasta al respirar…dolor.
Una operación, y otra, y otra más. A Alicia G. la abrieron de cuajo y le quitaron un “peso” de encima. La chica recibió mil y un pinchazos que, no le dolían, la desquiciaban. Dolor, desquicie…era igual, a ella tan sólo le hacía llorar una cosa: la inyección (o lección) de vida que Ángela introdujo en sus venas.
Era de admirar cómo Ángela quitaba la arena de su reloj para ponerla en el de Alicia. Al principio, Ali se sentía morosa con cada beso de Ángela, después, la chica supo que nunca podría pagar la deuda. No eran sólo los besos, eran las miradas cargadas de atención, que no hacían más que desprender amor inconsciente, lo que hacía a Alicia hipotecarse. Tal fue su deuda que entró en negocios con lucifer. Vendió su alma y perdió su voz. Fue engañada y tuvo que aprender a decir gracias con la mirada. Ángela siempre la entendió.
Alicia G. tiene suerte, aunque no haya sido afortunada. Gana más de lo que pierde, ríe más de lo que llora y tiene más de lo que cabe en su maleta.
Me sorprenden algunas coincidencias.
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Alicia G.