viernes, 15 de abril de 2011

La noche le sabe a sexo

Hacía mucho que no escuchaba la soledad de la noche. Parecía mentira, pero aún estando lejos de los trópicos, el único ruido que le hacía compañía era un lejano cantar de algún pájaro despistado. Ése y el continuo tintineo del goteo de Mario a compás de su teclado era su compañía de aquella noche.

Había desistido de dar vueltas sin sentido sobre las sábanas de su cama deshecha. Hacía ya rato que la tele se había puesto en huelga y había empezado a repartir suerte, azar o destino con cartas de distintas barajas. La casa de Gran Hermano dormía igual que la cámara que se había congelado en una imagen soporífera.
No sabía muy bien porqué, pero a ella esa noche el paladar le sabía a sexo. El único gusto amargo que deja buen sabor de boca. Tampoco es que tuviera hambre de sexo, ni siquiera fantaseaba con el. Simplemente, se recreaba en sus recuerdos y revivía sus historias transformando finales. Era  una manera de mantenerse viva, de olvidar que hacía mucho que no tenía nada que contar.

Más que en otra cosa, pensaba en los juegos de seducción. En la danza sensual que hacen las palabras de aquellos que han decidido dejar de bailar para acercarse más el uno al otro en una conversación ya estrecha de por sí. Sin lugar a dudas, una de las partes más eróticas del ritual de apareamiento.

Cara a cara, uno frente al otro y entre el humo de un recuerdo pasado en el horizonte de un bar de no importa qué ciudad. Dos desconocidos a solas entre la multitud, cuatro ojos que se cruzan entre el lanzamiento de dardos cargados de miradas intencionadas. Suficiente, no necesita nada más. El alcohol que corre por sus venas es el encargado de dar el siguiente paso y, quizás también, los siguientes de un baile tórpido enredado en tropiezos que sirve de excusa perfecta para dejar pista libre a los que no tienen sentido del ridículo o a quienes no tienen porqué tenerlo.

Un suelo movedizo, unos tacones que bailan solos y una barra que anhela sujeción son como un reclamo ahogado en alcohol. El plan A disfrazado de opción B. Así que se inyecta la última dosis de pérdida de vergüenza en forma de chupitos de tequila con sal y limón. En última instancia, mira al otro lado de la barra buscando al camarero que al inicio de la noche tomaba por feo y corrobora que todo sigue igual para delimitar su grado de embriaguez. Devuelve la mirada a su víctima y recompone la conversación. Es a partir de ese instante cuando desaparece de sus labios el gusto de su último trago. La bebida mexicana ha desaparecido de su mapa de sabores, al igual que la sal y que el limón. La boca le empieza a tener gusto a sexo…Y le gusta.

Se muerde el labio y entonces, tiene ganas de que la muerdan. No tiene ni la menor idea de cuál ha sido el último comentario ingenioso que se ha perdido desde la boca de su víctima hasta la cercanía de su oído, pero se ríe, porque realmente le ha hecho gracia ser consciente de que no le escucha. Aunque a estas alturas ya haya pocas posibilidades de que pierda a su presa, retoma la atención. Tiene hambre y no quiere quedarse sin cenar, sin embargo, recuerda que hay algo que le gusta mucho más que el postre y es que ella siempre ha sido de primeros platos.

Toma las riendas y juega la carta de las pretensiones. Aunque ella lo sepa, no lo quiere saber. Finge que no sabe de lo que le hablan para llevarlo todo a su terreno, pero que no se engañe: ella tiene el control. Pasito a pasito lo atrapa en su encerrona y acaba diciendo cosas que jamás hubiera pretendido. Y ya está; lo dicho, dicho está. Tiene la pelota en su tejado y sabe perfectamente cómo sumar puntos desde esa posición. De tanto en cuando le deja anotarse algún tanto a él para que sienta que además de formar parte del juego, también juega (aunque en el fondo ella sepa de sobra que ya ha ganado).

Mientras, los alrededores miran con recelo y con envidia el ritual y esperan entre apuestas lo que está a punto de pasar. ¿Será él o será ella? No se trata de una guerra de sexos, se trata de ganar o perder. De ver quién se lleva el Óscar al papel protagonista. Entonces, un desmarque perfecto por la banda y, de repente, un pase al hueco para rematar de cabeza en boca de gol. Ese acercamiento “inocente” para alcanzar su copa da pie al esperado malentendido intencionado. Una risita es la ovación para el perdedor, un beso el trofeo del campeón. Y, ahora sí, la boca le sabe a sexo.

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